¿Qué es esto?

Un viaje a mis historias. Aquí hay tanto de mí como de todos los que se sientan parte. Hay de lo cotidiano a lo inusual. Hay solo historias que se cuentan con ganas.

martes, 2 de diciembre de 2008

El Tenedor


La historia del tenedor está vinculada a las épocas en que mi hermana y yo nos quedábamos solos en casa. Ella realizaba las labores propias que las mamás encargaban a las chicas de 18 años hacer en su ausencia: limpiar la casa, cocinar y mantener todo en orden, por ser la mayor. Yo, por mi parte, tenía el encargo de no joderle el día y dedicarme a lo mío, mis pasatiempos, obligaciones y las actividades infaltables de aquello que llamaban «vacaciones útiles».


Pero, la historia del tenedor también está vinculada a mi experiencia con la crianza de mi perro: El Lobo, un pastor alemán bonachón y totalmente monse para su raza. En sus primeros meses, y antes de irse a vivir a su casita en la azotea, El Lobo vivía con nosotros. Obviamente, era una pesadilla cuando la casa tenía que limpiarse. Entonces lo subíamos a la azotea o lo encerrábamos en el balcón, mientras mis hermanas, con denodado esfuerzo, cumplían la cenicienta labor de dejar todo reluciente.


Mi hermana, la que me antecede, siempre ha sido de emociones y reacciones extremas. Es de aquellas hermanas a las que a uno adora provocarle un llanto recomendándole una típica película lacrimógena, pues te basta haberla visto llorar a moco tendido y exclamando: ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué? luego de ver Ghost, La Bamba o El valor de una promesa. Ella misma era, además, la víctima de la complicidad que yo tenía con mi otra hermana en una práctica por demás salvaje: corretearla por toda la casa y diezmarla a cosquillas, hasta verla orinarse en sus calzones ochenteros. Algunas veces, la pobre lograba huir disparada hacia el baño, donde se sentía a salvo, luego de llegar a duras penas al inodoro y trancar la puerta, mientras la escuchábamos aún carcajearse en medio del eco del baño.


Yo, en aquel verano, me encontraba practicando natación en una piscina olímpica, pues el verano anterior había aprendido a nadar tocando piso en una piscina semi olímpica, pero me faltaba mayor técnica y mis viejos querían que aprendiera más. Me acompañaba siempre mi amigo de la infancia: O, quien siempre ha sido como mi hermano burlón, mi agenda, mi diario, la personificación de mis recuerdos más remotos, olvidados (a propósito) y que siempre ha estado ahí para hacerme reír de mí mismo.


O sabía lo que para mí significaba ir a esa piscina. A diferencia de la piscina del año anterior, ésta era cerrada, fría, enorme y profunda. Mi amigo O sabía que me mariconeaba terriblemente para ir a esas clases donde nos hacían calentar al borde de la piscina, correr y luego sumergirnos como lagartijas en esa profundidad acuática en la que yo veía reflejados todos mis miedos de infancia y adolescencia. Y así era casi siempre que iba: llegaba a los vestidores, me enfundaba en la ropa de baño, mientras O me decía entusiasmado: «cada vez me gustan más estas clases». Luego nos uníamos a la fila para el calentamiento, nos metíamos al agua y yo: «Profesor ¿puedo ir al baño?», y entonces iba y me escondía en el baño, cubierto con la toalla para luego volver estratégicamente cinco minutos antes que acabara nuestra hora de entrenamiento. Era absurdo, pues para aquel entonces ya sabía nadar y desplazarme en el agua de una piscina, como también en el mar, pero era toda esa mezcla de frío, de inmensidad, de presión la que me acobardaba.


Sin embargo, y afortunadamente, eso cambió antes de la mitad de la temporada. Mi profesor nos había aconsejado ir un día particular en la semana (cuando le daban mantenimiento a la piscina) y practicar libremente. Entonces comencé a agarrarle el gusto a la práctica. Vencí el miedo y sentí una especie de poder sobre esos veinticinco metros de largo, los recorría hasta completar los anhelados quinientos metros yendo y viniendo a cada extremo y entonces salía sintiéndome un nadador presto al triunfo.


Aquel día, el día de la historia del tenedor, era el más esperado. Se clausuraba las clases de natación del verano con un torneo al cual había calificado para competir. El premio me interesaba: una temporada de clases gratuitas de invierno en una piscina temperada. Mi hermana había limpiado la casa con ese esmero y gusto de los que ya había hecho costumbre. El piso relucía, los muebles estaban ordenados y limpios, mientras la luz del sol se colaba por las ventanas produciendo un resplandor cómplice con los colores de la sala y el comedor; y entonces sonaba una música más calmada en el estéreo: un cassette con canciones, como Carrie, de Europe; Nothing gonna change my love for you, de Glen Medeiros; o la misma banda sonora de La Bamba.


Para la hora del almuerzo, con denodado esmero, ella había preparado su mejor plato. El estofado de carne que realmente le salía buenísimo. Y yo, hincha de las ensaladas (más que nada del limón con sal) había preparado una de pepinos para contribuir a la causa. Todo estaba listo, en un par de horas yo estaría nadando, estirando mis largos y flacos brazos e impulsándome metro a metro por llegar al borde, girar y continuar hasta llegar a la meta. Ya había entrenado una y otra vez y me sentía bastante confiado en ganar. Mi profesor decía que tenía buen braceo y mi tiempo era óptimo. No había más que decir, sentía que esa competencia era mía. El vapor que se elevaba desde los platos servidos, de pronto, me hacían recordar las antorchas de las olimpiadas y yo me veía en un podio con el brazo en alto.


Comíamos con gusto esa tarde escuchando el bendito cassette de baladas. Mi hermana sentada a la cabecera de la mesa y yo al lado. De pronto, El Lobo, mi perro tonto, apareció en la escena. El tarado cachorro tenía su recipiente en la cocina y, pese a que mi hermana le había dejado comida, quería sentirse parte de la mesa. Entonces vino hacia mí y me miró una y otra vez con esa cara canina triste y hambrienta, acompañada de esos gemidos de perro chibolo. Y terco no se movía por más que lo espantara. Mi hermana comía con la satisfacción de quien hace su tarea y espera su 20 de nota. Entonces, intentando calmar al Lobo baboso, en un desgraciado segundo, decidí aventarle algo al hocico. Era una rodaja jugosa de pepino saladito.


Los perros son astutos para comer algo que les lanzas, primero se lo das para que lo olfateen y, cuando ves que pasan su lengua por el hocico y lo abren, están listos para el lance o la mordida. Pero El Lobo, mi tonto can, me engañó. Saboreó el pepinito, abrió la boca y, cuando se lo lancé, lo dejó pasar, mientras lo miraba caer en el piso. La escena pasó en cámara entonces. Cuando sentí caer la rodaja en el reluciente piso un eco me estremeció por dentro, mientras mi hermana, masticando su delicioso almuerzo, giró y miró al piso. No le importó la torpeza del perro, el pepino arrochado estaba en su brillante mayólica. Montada en la ira más grande de hermana mayor, balbuceó una exclamación con la boca llena. El tenedor, el bendito tenedor que tenía en su mano izquierda se convirtió en mi guillotina. Todo ocurrió ahora tan rápido. En su rapto de cólera, mi impulsiva hermanita quiso golpearme con la mano izquierda que cogía el tenedor. Así fue que la fuerza del golpe hizo que el utensilio del mal incrustara su cabeza en mi brazo derecho. El golpe, seco, fulminante, dejó una hendidura. Ambos nos miramos. Miramos aquel hueco rosado en la piel y cómo, de pronto, se venía el torrente de sangre. Entonces se pasó el bolo de comida que llevaba en la boca y me cogió del brazo para llevarme al baño. Me colocó el brazo herido en el lavabo. El chorro de agua me enfriaba la herida punzante, tiñendo de un rosa maldito el blanco fondo del lavabo. Yo iba sintiendo el dolor e imaginaba mi torneo de natación perdido. Todo el miedo se me presentaba frontalmente. Mi hermana, desperada por la consecuencia de su reacción, me hacía torniquetes, me echaba aceptil, agua oxigenada y otros mejunjes hasta que paró el sangrado. Me vendó la herida y con cara de miedo me dijo: ¿y ahora qué le decimos a mi mamá? Su nota 20 en limpieza y en cocina se iban a convertir en el peor jalado de su vida.


Yo no quería participar del torneo con un parche blanco en el brazo. Y entonces pensé que podría ser un punto a favor, pues, si ganaba iba a ser doblemente meritorio y nadie sabría que la salvajada de mi querida hermanita me había hendido en la piel un recuerdo que aún ahora conservo como anécdota. Yo le insisto que ella, en su desesperación, giró el tenedor y lo clavó en mi brazo, mientras con rabia me recriminaba el solo hecho de haberle dado un trozo de pepino a mi estúpido perro. Ella me terquea que solo fue la cabeza del tenedor que se le escapó del puño cerrado con que me iba a corregir, cual madre superiora del convento. Aquella tarde me pedía disculpas y, para variar, lloraba más que yo, el agraviado, pidiéndome que igual participe en el torneo.


Pese al incidente, mi hermanita me acompañó al torneo, llegué con mi parche en el brazo y, ante la pregunta de todos, simplemente dije: es un amuleto. Nadé como había entrenado, sin sentir más dolor. Conseguí llegar en segundo puesto y pararme en el podio de los tres primeros lugares. No logré llegar primero y no sé si el tenedor fue el culpable, pero al menos me gané un segundo lugar y una cicatriz pequeña que muestro a mi hermana cada vez que puedo, dando paso al debate: ¿fue con la cabeza o con los dientes? Nos reímos de eso.


Sea como fuere, el tenedor cumplió la accidentada y paradójica función de darme valor ese día. Ahora bien ¿qué pasó con mi hermana y su nota 20 en labores caseras? ¿Ustedes qué creen?.


domingo, 2 de noviembre de 2008

Heroínas domésticas


Desde lo más remoto que pueda recordar siempre he tenido la imagen de una de ellas en aquel escenario granuloso –como en las series ochenteras- pero colorido de la infancia. Mi madre nos contaba que en aquellas épocas cada uno de sus hijos tuvo una dedicada íntegramente a sus cuidados; mientras ella, junto a mi padre, la sudaban duro y parejo para asegurar el futuro de sus cuatro hijos.

Ellas, las empleadas, han jugado un papel importante en la historia de cada uno. No solo por llegar a formar parte de la familia, sino por haberle dado un particular condimento al recuerdo de nuestras vidas, lo que hoy las ha convertido en una suerte de leyendas familiares, infaltables de narrar en cada reunión de hermanos, primos y tíos. Porque, a diferencia del común de las historias de empleadas, yo no tiré con alguna de ellas. Tan simple como decir que fue una historia diferente.

Por referencias fotográficas sé que la primera nana que me cargaba en brazos se llamaba Rosa, era responsable y una de las mejores de aquellos primigenios años. Se le veía mayor y su corte de cabello, y aquellas ropas setenteras, la hacían ver como si tuviera la edad de mi madre. Ella tenía el encargo de cuidar al pequeño vástago y concho de la familia. Y sé que lo hizo bien. Pero su historia es sencilla y sin mucho por contar. Tal vez dejó la casa porque se aburrió o alguien le calentó la cabeza y se la llevó.

Con el tiempo, otra Rosa acompañaría mi ingreso al jardín de la infancia. Esa Rosa, La Rosa, como la conocíamos, era todo un personaje. Era torpe como El Chavo, siempre que entraba a la cocina rompía o tiraba algo (Aun ahora, cada vez que a alguien se le cae algo en la cocina mi padre siempre grita: Rooosa!, recordando esas célebres torpezas). La naturaleza no había sido generosa con ella, pues no tenía un rostro agradable. Era achinada, gruesa, cabellos largos, usaba demasiado maquillaje y la cara siempre le brillaba, además de tener algo de cojera al andar. La Rosa llegó a mi casa proveniente de la selva, como casi todas las empleadas que recuerdo. Y era por esa bendita fama de mujer calentona que se hizo en el barrio, que logró conquistar al joven hojalatero que vivía camino a mi jardín de la infancia. La Rosa no dudaba en llevarme siempre al colegio y pasar por la hojalatería, lanzándole miraditas al nervioso hojalatero. Yo, con mi lonchera Basa color roja en una mano, iba cogido de sus toscas y gruesas manos, mientras ella meneaba aun más las inmensas caderas y mostraba sus abultadas piernas, cuya cojera disimulaba bien por espacio de una cuadra.

Mi madre nunca estuvo a gusto con ella, pero recuerdo que duró generoso tiempo con nosotros. Era medio mitómana la pobre. Como casi todas las domésticas, quedaba prendida de las telenovelas, al punto que una vez se mimetizó con un personaje interpretado por la venezolana Caridad Canelón, y usaba una cinta en la cabeza, cuyo llamativo lazo caía a un lado de su rostro, sujetando sus largos, lacios y negros cabellos. Y así salía a la calle. Y así me llevaba al colegio, siempre cogido de esa mano callosa que yo odiaba.

La Rosa nos dejó un día en que, cual cuento del papá que se va a comprar el pan y no vuelve más, salió en su día libre y regresó luego de dos o tres semanas para decir que ya no volvía más. Era obvio que alguien había motivado eso. Y, en parte, nos hacía un gran favor. No era la primera vez que se daba esas escapadas. Acostumbraba ir a los conciertos de música chicha en la carpa Grau o en el Paseo Colón y regresaba magullada y con arañones. Las malas lenguas de mis hermanas decían que se emborrachaba y las mujeres de sus galanes la golpeaban en las grescas que se armaban en esos lugares. En todo ese tiempo, La Rosa había cambiado su forma de hablar, la cojera ya se había convertido en un contorneo sensualón y en el colmo de su mitomanía decía que estaba dedicándose a la chicha nada menos que como cantante, y que un grupo llamado Guinda la había invitado a ser su vocalista principal. Bueno, lo cierto de todo era el color guinda que traía en brazos y piernas, producto de los golpes y no de forcejeos de un fan, pues la verdad cantaba horrible.

Como en toda familia, la mancha de primos siempre aprovechábamos cuanta reunión o motivo hubiera para juntarnos y hacer de las nuestras. El punto de encuentro siempre era el edificio donde vivía mi abuela, porque además era el edificio donde vivían mis tías. Y las empleadas de todas ellas eran toda una historia aparte. Ellas nos llevaban al cine, a pasear al parque o ir al circo.

La Manuela, la mítica Manuela -de mañoso nombre- era la figura emblemática. Era prominente y le hacía gran honor a la tercera y cuarta sílabas del nombre de su ciudad de origen: Tarapoto. Era rolliza y fortachona. Y era tanto el respeto que todos le teníamos, que cuando nos quedábamos en casa de mi abuela solos ella era la ley. Ese mismo temor a La Manuela había hecho que fuéramos capaces de llevar su nombre a la pantalla grande y apodar de La Manuela al archirival de Bruce Lee, en las famosas películas tan de moda en ese entonces, pues se le parecía mucho en rostro: -mira, ahí está La Manuela, dijo mi primo una vez y desde ahí quedó la chapa.

La Manuela nunca dio escándalos, su comportamiento era casi intachable. Solo un valiente la pretendía y ella no soltaba prenda con facilidad. La Manuela, se convirtió en una suerte de mito para la muchachada del edificio, pues una vez, cuando un muchacho (por salvar a su gato) cayó del quinto piso, por el tragaluz, decían que ella pasaba por ahí en ese preciso instante y, pese a que estiró sus robustos brazos para salvarlo, él se pasó de frente. Con la milagrosa herencia del gato, el muchacho sobrevivió a la caída. La Manuela se convirtió entonces en la única testigo de la famosa historia.

De las otras empleadas de mis tías recuerdo a chicas que, fieles al matriarcado familiar, asumieron la batuta en la casa y, cuando mis tías no estaban, eran peor que ellas mismas en cuanto a autoridad se refiere. Mis primos estaban bajo control constante y las respetaban. Ahí estaban La Tania, excelente jugadora de voley que terminó casándose con el vecino de mi tía; La Gladys, la «señora ley» a la que mis primos le temblaban porque sabía dónde mi tía escondía el famoso «san martín»; La Mirna, que era la más coquetona, con sus jeans pegados y tacos aguja (era la única que recuerdo los usaba incluso, canasta mano, cuando iba al mercado); La Blanca, que además era la mejor amiga de mis primas, era la más tranquilita de todas y cuando explotaba en risa contagiaba a todo el mundo con su peculiar carcajada. Todas ellas, aparecían en cuanta reunión familiar había y recuerdo que hasta las sacaban a bailar con la venia de mis tías.
En la adolescencia y parte de la juventud recuerdo que tuvimos a las mejores empleadas en casa. A diferencia de mis tías, mi madre no nos encargaba al cuidado de ellas, pues venían a ser como unas hijas más en la familia. La Perica, como mi madre había bautizado a Enith, era una de ellas. Chica menuda, dócil, sencilla y respetuosa se había ganado el apodo de Perica, porque se encariñaba con los pericos y loros que teníamos en casa. Pero, sin duda, la más querida de todos fue La Silvia, o La Chivy, como le decíamos. Ella, prima de La Blanca, era la más pata de todos. Una chica muy risueña y bastante hacendosa, aprovechó al máximo todas las oportunidades que tuvo para crecer. Nunca dio un problema y siempre estaba dispuesta a ayudarnos en lo que fuera posible. Era mi pata, La Chivy. Cuando nos mudamos ella estuvo ahí. Cuando nacieron mis sobrinas, ella también estuvo. Realmente fue testigo de los sucesos más importantes en los últimos años. Paralelamente a su trabajo, aprovechó para estudiar corte y confección de prendas de vestir. Todos la queríamos mucho. Pero, por cuestiones familiares tuvo que volver a su tierra, Chazuta, cerca a Tarapoto. Es tanto el afecto que le guardamos que una de mis hermanas, en su viaje de vacaciones por Tarapoto, fue hasta su pueblo y la buscó, junto a mi quinceañera sobrina, a quien ella conoció recién nacida y a la que cambió más de un pañal o adormeció en sus brazos tantas veces. La Chivy tenía ya dos hijos y no le iba bien económicamente, pero el marido no la había abandonado, como suele ocurrir.

Por casa pasaron algunas otras que no duraron ni una semana o simplemente no se adaptaron. Otras eran ocasionales, como la lavandera que visitaba todas las casas de la familia y cargaba siempre con su niña. La mujer era una señora blancona de cabellos castaños, tenía un lunar en la nariz y un detalle que todos odiábamos. Un detalle que me quitaba el apetito cuando nos sentábamos a almorzar: no conocía el desodorante o, en todo caso, la abandonaba rápidamente. Lo peor de todo es que a veces nos cocinaba y ahí sí que era terrible. La imaginación retorcida de mi hermana decía que la bendita señora usaba un ingrediente secreto para sus comidas. Un ingrediente cuya extracción consistía en coger un tenedor, pasárselo raspando por la axila peluda y sacudir el sudor en la olla del guiso. Esa nauseabunda historia me la recordaba con la mirada mientras comíamos de su sazón, en silencio temeroso, en la mesa.

Hace poco estuvimos recordando con los primos a todas las heroínas domésticas que pasaron por nuestra infancia y juventud. Muchas, incluso, volvieron a casa de visita para agradecer por todos esos años compartidos, pues nunca hubo un mal trato hacia ellas. Nunca vistieron uniforme, nunca comieron en la cocina y nunca se las despreció por su condición. Nosotros, los chibolos de entonces, éramos quienes las desesperábamos. Esa era la peor parte del juego que ellas se llevaban; pero había un simpático afecto por ellas y, sobre todo, respeto. Por ello, creo que más que empleadas domésticas, esas mujeres fueron nuestras heroínas, nuestras cómplices y nuestras amigas. No dudo que, donde quiera que ellas estén, siempre nos recordarán con una sonrisa y sus hijos sabrán de nosotros por las historias que sus madres les cuenten. Ahora bien, ¿será que las historias por ellas contadas guardan secretos que nosotros nunca supimos? Habrá que preguntárselo al tiempo.

domingo, 24 de agosto de 2008

El autógrafo de Bibi

A los 16 años las únicas cosas que te importan son pasar el quinto de secundaria, acabar el colegio, tener una enamorada, dártela de pendejito y entrar a la universidad, ese mundo que imaginas libre, donde no existen los auxiliares, los tutores ni las direcciones de OBE.

En 1991, para cualquiera de quienes estudiábamos en un colegio particular de hombres (un frontal atentado contra las relaciones intersexuales), salir de esa cárcel era lo mejor: hablaríamos con mujeres, nos sentaríamos al lado de una de ellas, nos rozaríamos solapa, iríamos a fiestas; en fin, un sinnúmero de posibilidades.

Sin embargo, mientras ese último diciembre de colegio no llegara, nos restaba nueve meses de embarazosas situaciones de abstinencia en el colegio, pues a las profesoras más feas, a quienes habíamos visto apetecibles con el adolescente entusiasmo sexual de primero de secundaria, les habíamos perdido el gusto y las veíamos como candidatas al olvido. El espejito en el pie para verles el calzón era cosa inimaginable del pasado y, para entonces, ya era tema de los nuevos aguantados de primero.

Era la época de Technotronic, de Roxette, de Bon Jovi, de las revistas Bravo -con las que forrabas tus cuadernos-, de los Trapper Keeper, de las revistas Teleguía y de los cancioneros Funky Hits (con su versión Funky Guitarra). Era el inicio de la última década del siglo y todos se preguntaban ¿Qué pasaría luego del mítico año 2000? Pero también era la época –aunque agónica- de uno de los programas concursos más significativos de los 80’s: el Triki-Trak. Ese formato sabatino que los televidentes adoraban hasta que apareciera la versión original llamada Sábado Gigante -con Dooooon Francisco- gracias a la bendecida y sana aparición del cable.

Para entonces, Televisa nos había infestado con Alcanzar una estrella, una telenovela juvenil en la que la fanática fea se convierte en bonita, de la noche a la mañana, y canta y se enamora junto a su ídolo. La historia de hadas era suficiente para mantener suspirantes a los adolescentes y lanzar el segundo producto, esta vez mediático y muy al estilo de la meca mexicana: Alcanzar una estrella II, con el protagonismo del grupo Muñecos de Papel, integrado por cantantes que provenían de bandas conocidas o solistas como: Eric Rubin, Sasha, Pedro Fernández, Angélica Rivera, Ricky Martin y con ellos, mi diosa: Bibi Gaytán.

No era gran actriz, casi nunca tenía un mayor texto que el de sus compañeros de guión. Cantaba mejor de lo que actuaba y, sin embargo, me deslumbraba al verla. Debo aceptar que esta mujer de tetas prominentes, trasero increíble, piernas contorneadas y labios sensuales eran mi amor platónico. Esa fijación por las tetas, por los senos y las mamas prominentes es algo que me lo explicaría luego, cuando vería aquella película titulada La teta y la luna, de Bigas Luna.

Lo cierto es que me ilusioné como un tetudo de la Gaytán y cuando supe que Muñecos de Papel se presentaría en el Triki Trak, nos juntamos con mis patas del cole, tan tetutos y cojudos como yo, y conseguimos los pases para el programa. Cada quien admiraba a alguien en particular o a la banda en su conjunto. A mí solo me bastaba ver a Bibi, los demás me daba igual. Me compré una foto de ella en la que aparecía como en una suerte de pose de pin up girl y femme fatal. Llevaba un conjunto de short y blusita rayado. Una de sus carnosas piernas se recogía sutilmente hacia atrás mientras ella, con ambas manos, cogía la cortina de la ventana y miraba con esos ojazos negros y esos labios provocadores al lente del afortunado fotógrafo.

Cargué mi cámara fotográfica, esa delgada para rollos de 24, que corrías manualmente con el dedo gordo luego de cada toma, y ya casi tenía todo listo para ese día. Fuimos al Estudio 4 de Barranco, el plató donde se grababa el programa. Recuerdo que hicimos una cola inmensa para ingresar y justo en la puerta nos dicen que ya estaba lleno y que no entraríamos sino hasta el otro bloque, cuando nuestros ídolos y mi Bibi ya no estuviesen. Es decir, tenía que conformarme con verla salir por la puerta trasera.

No hay nada peor que un fan desesperado. Y, en este sentido, benditas sean las fans gorditas y robustas que no creen en nadie cuando de ver a sus ídolos se trata. Bastó que comunicaran la nefasta noticia y se escuchara a la gente de adentro gritar ante la presencia de Muñecos de Papel en el escenario que, cual estampida, un grupo de rollizas energúmenas con carteles y posters de Ricky, Pedro y Eric, empujara con todo hacia el contingente de seguridad que nos impedía el ingreso. Entonces, en medio de un confuso conglomerado de bultos regados, compuestos de fans, agentes de seguridad e incluso gente de producción, ingresamos con mis patas corriendo hacia el interior del teatro y confundiéndonos entre la gente. Nadie nos iría a buscar luego para sacarnos. Ya estábamos adentro.

«Perdóname si te nombro mi muñeco de papel. Perdóname si te nombro…» Era la canción emblemática que se escuchaba. Y ahí estaba ella. Yo, distante por unos 15 metros del escenario, la miraba vestida en ese shortcito apretadito color limón y esa blusita cuyos ojales parecían reventar ante su semejante «pechonalidad» que pugnaba por salir. El cuerpo de Bibi era simplemente espectacular respecto al de sus congéneres del grupo. La esmirriada Sasha era la voz cantante de lúgubre belleza, aunque siempre vestía de negro; Angélica Rivera era el rostro fresco y telenovelesco. Pero Bibi, catalogada por no pocas mujeres como solo un cuerpo trabajado y nada más, era quien llamaba la atención y les refutaba esta imagen cantando: «Soy más que la portada en la revista o la fan de algunos hombres en conquista. Soy más que un buffet para la vista con la típica sonrisa del artista… soy de sueños, sed y piel, tan de miel como de hiel, soy solo mujer…». Era el clamor de esta mujer que quería ser saciado por un hombre que la viera más allá de eso. Y yo, parado, escuchando esta canción en medio de ese bullicioso gentío.

Acabado el show de tres canciones, y una breve entrevista, quedaba ver cómo abordarlos a la salida para conseguir lo que yo más quería en ese momento: un autógrafo. Esa foto que me había comprado caleta a la salida del colegio y que quería que ella estampara con un beso y me pusiera una dedicatoria que eternamente conservaría y mostraría con orgullo.

Con mis patas nos habíamos separado al ingresar con la estampida. Tenía que hacer esto solo. La ventaja es que era bien flaco y podía escabullirme entre la gente. Salí del estudio de grabación y me planté en la puerta de la salida auxiliar, algunos pocos habían pensando lo mismo, pero hasta el momento éramos pocos. No demoró mucho en abrirse la enorme puerta blanca y dar paso a los Muñecos de Papel que salían para subirse a los autos. De pronto, la muchedumbre llegó y abarrotó la salida. La gente de seguridad no se daba abasto y los autos demoraban en tomar la pista y coger pique. En ese ínterin, los ídolos, frescos y sin problemas, bajaban las lunas del auto, saludaban y firmaban autógrafos. Era mi oportunidad, Bibi podría hacer lo mismo. Pero Bibi no estaba en el primer auto, tampoco en el segundo. Abordó un tercer, luego de que los dos primeros partieran. Lo hizo con las lunas cerradas y ocurrió lo que no esperaba. El auto se atascó en un hueco que había en el sardinel de la vereda. Demoró más en poder partir que los anteriores. Y entonces abrió su ventana. Justo frente a mí. Yo la miré, ella repartía sonrisas pero a la vez estaba desconcertada pues en medio del tumulto el auto no conseguía avanzar. Yo, hecho un pavo, taradísimo y totalmente inmóvil con la cámara y la foto en la mano. La miraba, solo la veía. Ya había poca gente, pues la gran mayoría había corrido, cual estela de euforia, detrás de los otros. Bibi miraba a la gente del auto con la incertidumbre de no saber cuándo podría salir del atasco. Y de pronto me miró -claro, miró al pavazo que en vez de estar saltando y gritándole, estaba parado con la boca abierta y su cara de niño huevón- me sonrió y me lanzó un beso volado. Todo como en cámara lenta. Cuando reaccioné me di con el auto de Bibi enrumbando la avenida. Era una mezcla de sensaciones. El beso de Bibi fue como un autógrafo directo, no convencional, escrito en las venas de un fan, de un tonto fan.

Cuando encontré a mis patas, me contaron que vieron a los demás y alguno tuvo un autógrafo de Sasha. Cuando me preguntaron qué tal yo, respondí: «les tengo una sorpresa, pero se las muestro en el cole». Pese a la insistencia no les dije nada, no podía además pues era parte de mi maquinado plan de fan derrotado.

Llegué a casa y le conté lo que pasó a mi madre y mi hermana quienes se divertían diciendo: «pero qué tonto, le hubieras acercado la foto para que la firmara». No tuve más alternativa que pedirles la complicidad para mi idea.

-Mamá, tú tienes letra bacán, escríbeme un autógrafo y firma como Bibi Gaytán, por favor. No quiero ir al colegio el lunes con las manos vacías. Se van a burlar de tu hijo-. Cómo habrá visto mi madre la angustia que accedió a rubricar la foto: Para Kristhian, con mucho cariño. Bibi Gaytán.

Estaba casi consumado el plan. Faltaba el detalle. Mi hermana tuvo que entrar a tallar ahí: el beso. Necesitaba algo que parezca el beso de Bibi. Usó su mejor labial y se pintarrajeó la boca. Ensayamos en varios papeles en blanco hasta que conseguimos la posición de la boca que produjera el efecto Bibi. Y lo logramos.

De esa manera tuve mi anhelado autógrafo. Era una especie de versión «trafa» de lo que ocurrió en verdad. Y todos se la creyeron para entonces.

Esa foto me acompañó todo el quinto de secundaria en mi cuaderno de literatura. Dudaba en ponerla en el de física o el de matemática, incluso el de arte. Pero ahí estaba yo con mi autógrafo de Bibi, orgulloso.

Mi farsa se vendría abajo cuando colocara aquella foto en mi cuaderno del primer ciclo de la universidad. Ninguna de las chicas de mi salón se creyó el cuento. ¿Será que somos tan pavos los hombres que nos creemos todo, o es que ellas son demasiado astutas ante nuestras pavadas? En todo caso, ahora recuerdo otra frase de la canción de la Gaytán: «Por eso chico déjalo ya, no hay que insistir, tu galanteo no me hace feliz, solo una noche y ya ves que soy mucha mujer para ti». Será pues.

lunes, 18 de agosto de 2008

(No) Me resfrié en Brasil

Como en toda ciudad capital (aún con sus limitaciones de horario), en Lima puedes encontrar siempre un rincón dónde comenzar o acabar la noche en un fin de semana. Con J solíamos salir en nuestras noches de solteros, de postrimerías de los 20’s, embarcados en su cómplice Volkswagen Jetta concho de vino y nos deslizábamos en las noches barranquinas que, por lo general, acababan en El Dragón.

Y así era desde antes, desde que El Dragón era aquella vetusta casa de compartimientos cómplices, donde te podías pedir un trago, bailar perdido en las sombras, poguear en medio de un concierto hardcore, leer las siluetas cimbreantes de los miércoles de electrónica, cruzarte a medio mundo de tu facultad, amigos en común, bohemios, los llamados «culturosos», poseritos poetas, «chiquiviejos»; una fauna caracterizada por la incansable ansia de juerguear y un lúdico espíritu de compartir vicios y pasiones.

Para el 2005, fuimos a conocer el renovado Dragón. Aquel que comenzaba a seguir la onda lounge, reemplazaba sus estructuras de típica casona barranquina por un único y amplio espacio, sus sillones viejos y cómodos por asientos de noveles designers y su barra se desplegaba como un altar de rojizas y afrodisíacas tonalidades.

La historia de aquella noche se empezaba a escribir: la gente de nuestro grupo estaba en otra y no era tan probable que nos encontráramos. Esa noche sería de cacería, entonces. Empezamos a embriagarnos con chelas en la barra. La música ponía, el lugar reventaba. El Dragón seguía vivo después de todo. Cual ave fénix resurgía de sus cenizas y se reinventaba.

Y las mujeres, algunas solas (las menos agraciadas, como ocurre en la mayoría de los casos). Las otras, desde las menos feas hasta las ricotontas, estaban en grupo o con pareja. Cagaos. Como suele pasar en esos casos, te pones a hablar con tu pata de cualquier vaina, desde el culo de las flacas hasta el porqué se suicidan los genios, pasando por un empírico análisis de la economía nacional. A ver si por ahí una incauta de reojo se sople parte de la conversa y diga: «uhmm, interesante», y te sonría mientras le traen su trago. Click.

Yo había dejado de beber alcohol un poco más de dos meses, por prescripción. Entonces, la chela de esa noche comenzaba a agarrar rápido y ya la lengua se me iba adormeciendo, casi un par de horas después. «Oe, ya me jalo. Estoy hecho, man. Ya fue para mí», le dije a J. Iba a dejar a quien siempre que bebía manejaba tan bien como cuando estaba sobrio, pese a lo distante que quedaba su casa. Y ante su insistencia me quedé un rato más y me fui al baño de nuevo.

De regreso, tenía la siguiente escena frente a mí: el gran J, infalible en el arte, había hecho contacto. Dos flacas lo rodeaban. Y yo que regresaba dispuesto a irme dentro de poco. Cambié de planes, saqué fuerzas de literal flaqueza y me fui de frente a la barra: «un vaso de agua con harto hielo, por favor».

Entré al ruedo con una sonrisa y vaso en mano. Hola, dije seguro. J no dudó en presentarme: «Hey, él es Kris, mi profesor de portugués. Es de Brasil».

En todo el tiempo que hemos hecho locuras con J jamás se me había ocurrido una como esa. Ellas me miraron con brillo amable en los ojos y dijeron: «¿ah sí? Hola, Kris. Viva Brasil, O mais grande do mundo [sic] ¿Eres de Brasil? ¿De qué parte?» Y yo, «Sim, eu sou de São Paulo». La complicidad con J ya estaba hecha. De ahí en adelante a continuar con el juego. Total, nadie sabría de nadie al día siguiente. Al menos eso creía.

Yo conocía del idioma por varias razones, entre familiares y laborales. Pero nunca lo había perfeccionado. Con J estábamos aún en planes de estudiarlo seriamente. Y del Brasil solo había conocido un par de ciudades de la frontera con Perú y Colombia. Aún no conocía São Paulo (o Sampa, como le llaman los paulistas). Daba, de alguna manera, para poder falar um pouco y hacerla linda esa noche.

Las recuerdo bien. Y(la inicial de su nombre) era una arequipeña simpática, atractiva, de buen porte, con una mirada de adolescente a la que todo lo que decías parecía interesarle sobremanera. Tenía una sonrisa sincera y amable en todo sentido. La otra, a ver, cómo explicarlo. Era menos agraciada que Y. Vamos a llamarla Jo, pues no recuerdo su nombre.

Esa noche tuve que invocar mis adormecidas cualidades histriónicas para construir perfectamente mi personaje. Tenía que estructurar un portugués que rayara en un portunhol perfecto, cuyos errores no los percibirían por cuanto quedaba justificado en mi intención de hablar algo de español. No debía bailar salsa, no debía hablar jergas y debía hacerme el cojudo cuando las escuchara en medio de la conversa, poner cara de asterisco y esperar que me digan qué significaba. Ambas, por supuesto, siempre atentas, reían cuando eso pasaba y me explicaban la idea. Incluso hasta gesticulaban, pues yo «no entendía». A J le costaba demasiado aguantar la carcajada ante tal cuadro y yo ya tenía evaporado medio alcohol del cuerpo con tanto ejercicio actoral. No pasó por mi mente –e imagino que por la de J tampoco- acabar con esa farsa en aquel momento. Hubiera estropeado todo.

Era evidente que J y Y habían conectado a la perfección y la estaba pasando mejor que yo. Jo se había adherido a mí con gran y sospechosa amabilidad. Preguntaba, repreguntaba. ¿Cómo es São Paulo? ¿Cómo es la vida allá? ¿Qué tal la comida peruana? ¿Te gusta? ¿Dónde vives? ¿Qué estudiaste? ¿Cómo así decidiste venir al Perú? Y yo respondiendo en ese portunhol que ya me estaba aburriendo, pero que disfrutaba por lo intenso y cómico del episodio aquel. Me la jalaba a bailar cuando la cosa se ponía complicada ¡Vamos dançar!, le decía.

J estaba feliz. Yo volvía a seguir libando, esta vez ya no era el vaso de agua con hielo que parecía vodka. Era un whisky que me ponía, como siempre, alegre. Luego de varios efluvios y conexiones, salimos de El Dragón hacia Matelini en el cómplice Volkswagen de J a dejar a las meninas. Antes, paramos a seguir bebiendo en el malecón Pérez Roca con el cielo ya clareando. No había baño y yo a punto de convertirme en uno de los perros -que ya pasaban acompañando a sus dueños a hacer footing- y levantar la patita bajo una palmera. Bueno, no levanté la patita para mear, pero confesaré que fue de las pocas veces que infrinjo la norma cívica y de buenas costumbres. Lo hice en el acantilado.

Dentro del auto la conversa iba entretenidísima. Sin embargo, pese al contacto exitoso, a J le costaba un poco dar el salto con Y. Ellos en el asiento delantero y yo con Jo en el trasero. Por el espejo retrovisor J y yo lanzábamos uno que otro mensaje que entre hombres nos manejamos ante la situación. Como yo andaba nuevamente ebrio empecé a hablar cada vez menos con Jo. De pronto J dejó de ver nuestra amena conversa por el retrovisor y al voltear se encontró con que su mejor amigo estaba agarrándose a la menos agraciada Jo. La escena la podría describir mejor el gran J –quién sabe y se anime a dejarme un comentario-.

Ya en la casa de Y, dejamos a ambas. «Obrigado, tchauzinho, valeu», les dije. Cerraron la puerta, arrancamos e inmediatamente explotamos en carcajadas con J. «Estás loco huevón», me decía. Y yo, «¿quién te manda a meterme en esta huevada?». No parábamos de reír. Obviamente, quién había pedido teléfono y correo esa noche era el doctore J. Yo no pensaba volver a verle las caras. Sobrio no continuaría con esa maquiavélica idea. Una semana después, me tragaría esa suposición.

J había estado en conversas con Y y ella había decidido invitarlo a una parrilla de amigos en su casa. «Trae a tu amigo brasileño», le dijo. Y claro, J, que disfrutaba la idea de decírmelo, me lo dijo: «¡Vamos!, va a estar Jo, quiere verte». Y yo, «no pasa nada, ni loco».

Llegamos a la casa de Y y había regular cantidad de personas. Me presentaron y fue inevitable ese cariño que siempre tienen los peruanos con los brasileños. Yo sentía que la mentira iba creciendo sin control, mucho más aún cuando Y me presentó a su primo. Mi pesadilla de la noche. «Kris, él es mi primo, ha viajado varias veces a São Paulo».

Lo que me faltaba ¿no? Bueno, mis conocimientos del Brasil cosmopolita se los debía entonces a grandes amigos que hice por Internet y por mi fanatismo por ese bendito país y su cultura. Tuve que sortear una y muchas de sus preguntas y comentarios esa noche. Hasta la forma de hacer parrilla a la paulista y nombres de bares, de tragos y comidas. Mi especialidad era la música y siempre que podía llevaba los diálogos a esos puertos. Por ahí, recuerdo, apareció un animador fantástico de un programa famoso en la tele de principios de los 90’s. Menos mal que no hablaba mucho.

Cuando podía me acercaba a J y le decía que me quería ir de ahí o en todo caso decirle la verdad a Y. Pero ya era tarde para eso.

La parrilla fue entretenida. Jo se mantuvo toda esa noche muy cerca, casi pegada a mí. Pero conmigo no iba más allá de su aspecto de buena gente. Esa noche comenzó el romance entre J e Y. Una insufrible historia que después, inevitablemente, acabara.

Hay mentiras que duran años porque los contextos confabulan para ello. Yo, sin embargo, estaba decidido a no continuar más con aquella. A pesar que volvimos a salir los cuatro, en un par de ocasiones más, decidí no hacerme ver por un tiempo. Luego, una noche en que salimos con J e Y, le dijimos la verdad. Ella, tan linda como la primera noche, quedó sorprendida cuando le conté todo en perfecto español limeño, me manoteó con insultos y acabamos arrastrándonos de la risa. Ya para entonces había un lazo amical que nos unía. De Jo no supe nunca más y fue mejor.

Para mí, aquella noche en El Dragón, fue una total ironía a una famosa canción ochentera: no me resfrié en Brasil y de nadie me enamoré.

Es curioso cómo decidí escribir esta historia de comedia brasileña. La recordé justamente estos días en que recibí mi CELPE-BRAS, el certificado de suficiencia y dominio en el idioma de Jorge Amado, Glauber Rocha, Xuxa, Giselle Bündchen, Ivete Sangalo (atendiendo el comentario reclamón de mi amigo D) y Pelé, otorgado por el gobierno del Brasil. Algo que finalmente anhelaba.

lunes, 11 de agosto de 2008

La llave y el buzo


Cuando tu mejor amigo, tu pata, tu yunta, tu brother, cumple años, sin duda, tienes un gran compromiso. Más aún si es una amistad que va siendo testigo de cómo, iniciados los 30’s, van despoblándose de cabello las cabezas, las entradas se hacen prominentes y las barrigas se abultan o desbordan lateralmente.

Mi gran amigo J es de ese pata al cual consideras como «el hermano que escogiste tener», considerando que no tienes hermanos hombres y solo has gozado de la complicidad de tus primos y amigos.

Con el «doctore J», como así nos «doctoreamos», tengo una hermandad simpática. Hemos pasado cada cosa, desde viajes, conciertos, chupetas de aserrín, juergas playeras, escapes mochileros, confesiones, mocos, arrebatos y momentos jodidos. De la misma manera, he acompañado sus locuras, como fiel asistente a sus Stand Up Comedy y, en menor medida, a las presentaciones de su banda de rock.

J, por su parte, siempre ha estado ahí, a pesar de mis impuntualidades, de las cuales reniega siempre que puede. Y, siempre que puede, también se las arregla para devolverme las esperas. Sobre todo, últimamente.

Con J nos conocimos allá por el 2001, cuando trabajábamos en la oficina de Investigaciones de nuestra facultad de Ciencias de la Comunicación. Para entonces, yo era uno de los pocos sobrevivientes de la primera generación de jóvenes investigadores y con un inocente libro publicado. J recién llegaba con esa vehemencia y entusiasmo propios de quien egresa con honores. Se desempeñaba en el área de investigación en Publicidad, yo en el de Historia del Periodismo. Nos hicimos patas desde la primera reunión de áreas. Luego de eso, todo comenzó con: ¿Qué planes para el fin de semana? –Ahí, no sé aún-, ¡a ver si hacemos algo! El resto es historia para otros cuentos.

El punto es que a la edición del cumple 31 no podía faltar. El sábado 9 de agosto había sido escogido por el doctore J para celebrar en el democrático Pub Cubano de Miraflores, una alternativa que permitía que todos pudiéramos asistir a cualquier hora, no pagar, no tener que estar en lista y llegar libremente; teniendo en cuenta que él es quien siempre llega después de la medianoche, por los previos de rigor.

Ya me tocaba cortarme el cabello y decidí ir como a las 8 p. m. a la peluquería. Un poco tarde, pero la siesta de ese sábado la necesitaba. Había pensado ir ya vestido, pero como desperté desesperadamente de la siesta, solo atiné salir en buzo. La peluquería estaba a full. De todas maneras, necesitaba esperar, ya estaba ahí. Salí del lugar a las 10 p. m. Estaba retrasado, pues había prometido llegar, como nunca, temprano.

En el taxi de regreso me doy cuenta: no tenía mis llaves de casa. ¡Maldición! Bueno, tocaré el timbre, ni modo, me dije. Luego de tres tocadas, nadie atendía el intercomunicador. Llamo a mi querida hermanita y tenía el celular apagado. Llamo a mi sobrina y me encuentro con que estaban rumbo a un compromiso con mi cuñado. Sin embargo, mi hermana, aprovechando que tenía un motivo para salir un sábado por la noche, les había dejado hacía media hora y había enrumbado a casa de una amiga. Y yo, parado en la puerta del edificio, con la llovizna encima, sin saldo, peinadito y… con buzo. Eran las 10:45 p. m. Afortunadamente había cargado efectivo y tarjetas de crédito conmigo. Lamentablemente, ninguna tienda estaba abierta a esa hora para comprarme ropa y ponérmela. Estaba en buzo y me desesperaba la idea de tener que perderme la fiesta, fallarle a J por una situación por demás salada.

La noche avanzaba y esto ocurría: caminaba al locutorio de la esquina, llamaba, renegaba, pedía el baño a la dueña del negocio, me lo prestaba aclarando que era el baño de su casa, pero entendía mi caso. Cerraba su negocio y me quedaba seguir llamando desde la tienda de la otra esquina. No me podían cambiar sencillo. Me paró un policía en moto que me cerró el paso. –Sopla-, me dijo, sin más ni más. Y yo pensando: el colmo, lo único que falta es que me lleven preso por deambular en mi propio barrio. Soplé. Mi aliento a lástima le bastó para saber que no era yo la persona que estaba buscando. Le habían dicho que alguien estaba fumando marihuana en la calle. Le conté mi drama al gendarme, que tenía la vista más perturbada que un pastrulo, y me dijo: «qué pena, joven. No sé cómo ayudarle». Por mi mente pasó que usara su «tola» para reventar mi puerta y entrar a mi casa. Fui a casa, la vecina me abrió la puerta del edificio. La reja de mi departamento estaba sin seguro, genial. Podré usar la fuerza y abrir la puerta, pensé. Así lo hice. Debo confesar que mi puerta es muy segura y mi fuerza no es suficiente. Descarté la idea.

Quien me acompañó en todo el drama fue mi gran amiga L con quien, gracias a la maravilla del RPC, nos manteníamos en contacto y le contaba las incidencias. –Vente a mi casa-, me decía, pues vive cerca de la mía. La susodicha no iría a la fiesta de J porque la invadía una migraña por demás insoportable. Aún así, creo que mi historia la entretenía más y mis pataletas la divertían, en el fondo.

Eran ya más de las 11:30 p. m. Una de las invitadas de la noche, mi queridísima M, a quien todos conocemos como La Cabezona, ya había llegado al pub. Mandaba mensajes desesperados a todos: «Ya llegué, no hay nadie» «Ya pues, si quieren vienen ¿no?» «Me avisan cuando lleguen». Yo llamé a J y aún no llegaba al pub. Le conté, en tono de resignación, que mi problema era la puta facha en la que me encontraba y que, aunque sea, beberíamos una chela en la puerta del lugar, si es que no me dejaran entrar.

J, con quien manejamos un humor negro digno de El Especial del Humor, me dijo, luego de su «ayayayyy», -vente, nomás, a la mierda-. Y entonces barajé la posibilidad. Llamé de nuevo a L y le dije que quería que me viera para darme el visto bueno. Después de todo, necesitaba una visión femenina para dar el paso decisivo. Tenía un buzo plomo rata de buena factura, un polo negro medio ceñido, como para salsear en algún tono callejero, y una polera verde con capucha de SPF. En pocas palabras, no estaba del todo mal. Solo me faltaba el skateboard.

«Kris, estás bien. La haces. Yo te imaginaba peor. En la noche todos los gatos son pardos. Además, el Mohicano que te han hecho en la cabeza le pone el toque fashion», dijo la bondadosa L, en tono de hada madrina. Entonces recordé que, camino a casa de L, me había cruzado a un grupo de personas que tomaba un taxi. Uno de ellos llevaba una casaca de cuero negro que atrás tenía la palabra Fashon [sic] bordada en letras blancas. Entonces, me dije: -¡eso es! fashion es la palabra. Yo también tendré mi propia versión de fashion ¡A la mierda lo fashion!

Llegué a casa a hacer el último intento tocando el intercomunicador. No había nadie. El gato que estaba en la vereda, y ya se había hecho mi pata, me hizo miau. Entonces tomé el primer taxi y me subí. De esa manera, llegué al bendito pub y entré. Me sentí extraño, pero, vamos, yo no era el cumpleañero, era el amigo que tenía que estar sí o sí esa noche y así lo hice. Al menos bebimos, nos divertimos, la pasamos bien y nos embriagamos. Yo en buzo y sin llave. Qué importa. Le di vuelta a la historia.

domingo, 10 de agosto de 2008

Crónica de un concierto frustrado

Ser peruano, concretamente limeño, y que te guste The Doors es un capricho que solo puede satisfacerse (y esto es) con una buena antología en tu acervo melómano o un buen cover en La Noche. Nada se compara, sin embargo, a tener la mismísima banda del Rey Lagarto, aunque parchadita, pero con un incansable Rey Manzarek, que decide venir a la tres veces coronada y dar un conciertito. Ni más ni menos.

Bueno, aún así, el tiempo no había sido mi mejor aliado en los días previos al concierto del 18 de abril. Acababa de cumplir años y pude, con el siempre bienvenido ánimo y complicidad de los patas, hacer mi huachafo, pero glorioso, White Party.

La semana posterior al 13 de abril fue patética. Sin embargo, me las arreglé para hacer algo por las noches, entre el gym, el cine, un café, etc. Así, llegué al viernes y decidí cenar pastas en un restaurante con mi buen pata R, antes de empezar una noche de fin de semana cualquiera.

Mi sorpresa fue recibir la llamada de un amigo, quien siempre me tiene unos presentitos gracias a sus canjes con los anunciantes de la agencia de publicidad. –Tengo pases para el concierto de The Doors en el Monumental. Preferencial-. ¿Qué? ¿Cómo? Las portadas de los discos de la banda pasaron por mi mente como un flashback sicodélico, mientras escuchaba el intro de Roadhouse Blues en concierto: «Ladies and gentleman, from Los Angeles, California, The Doors!».

¡Perfecto! Iremos por las pastas; luego, las entradas nos esperan en la puerta del concierto para ser entregadas en persona. Mi pata R aceptó. Cenamos, y luego a tomar el taxi en la Javier Prado.

El primer taxi: 15 lucas. No gracias. El segundo: no voy, causa. El tercero: uhmm… diez soles, chino. Ok, vamos. El taxista abrió la puerta y subimos.

Eran las 9:45 p. m. y teníamos que correr al Monumental. Javier Prado es una vía imposible un viernes a esa hora. Mientras el tráfico avanzaba, con R hablábamos inicialmente de proyectos de estudio y chamba. De pronto, ¿qué más puedes hacer en medio del tráfico? R Sacó su Nokia N95, ese que parece una cámara digital con funciones de móvil, y comenzó a mostrarme sus videos y fotos almacenados. Yo, saqué mi Motorola Z6, hice lo propio, mientras atendía la llamada de mi pata, quién me preguntaba por dónde andaba.

-Aló, sí, estoy cruzando la Vía Expresa, man. Dame tiempo- le decía, mientras la procesión de autos avanzaba pesadamente.

R continuaba mostrándome sus videos, los potentes parlantes y otras cualidades de su juguete preciado. –Alucinante la imagen, eh. Tiene una buena resolución- le decía.
Casi ni me había percatado del taxista. Era su chamba llevarnos al Monumental sí o sí; y soplarse esa conversa, por demás frívola y tecnológica, en medio de semejante suplicio vial, no era para menos: nos habría pedido bajar y tomar otro taxi, si lo quería. Lo cual -bendito sea el destino- hubiese sido lo mejor.

Aprovechó el desvío del puente Quiñones y entró a la derecha, para tomar San Borja Norte, la vía paralela y alterna que nos sacaría de aquel atolladero. Todo tenía lógica, ni dudarlo. La última llamada de mi pata: «Estoy en camino, cruzando aviación. Espérame, que llego a tiempo, antes que empiece el concierto. Estuvimos atorados en la Javicho. Ahora chapamos el trébol y más rápido. Ya llego. Chau». Fue la última llamada desde mi Motorola.

R y yo continuábamos en el asiento trasero. En las manos llevábamos los celulares que nos iluminaban las caras en la oscuridad de ese Daewoo plomo. Cruzamos Aviación y San Luis, por San Borja Norte.

Lo que siguió es una sucesión de imágenes zumbantes. Recuerdo que el taxi viró a la izquierda en una calle que supuestamente nos desembocaría a Javier Prado. De pronto, lo que pensé que era la imprudencia de un conductor que nos cerraba el paso y obligaba a frenar en seco a nuestro taxista, no era otra cosa que lo que menos imaginaba: un atraco.

Descendieron del auto tres sujetos a los cuales ni tiempo tuve de verles el rostro. El taxista, en total complicidad, desbloqueó los seguros de las puertas y mi primera reacción fue intentar empujar la puerta contra el cuerpo de estos mal paridos y salir corriendo, pero no estaba solo y tenía que pensar en los dos. Ingresaron al taxi por las puertas laterales y arrancamos. Escuché cómo el pitar desesperado del vigilante de la cuadra se iba perdiendo. Había presenciado el hecho y nada podía hacer. Nos encañonaron. ¿Vivo eres no, conchetumadre? Te querías escapar, ¿no? ¿no?

-Vamos a ser claros, cochedesusmadres, queremos dinero ¿ok? Si gritan, si tratan de hacer algo, los quemamos, hijos de puta-. Teníamos la cabeza sobre las rodillas y las manos juntas entre las piernas. El arma apuntaba nuestros costados.

-A nosotros no nos interesa sus vidas ¿ok? Ya hemos estado en la cárcel y no pensamos regresar. Ustedes tienen dinero y eso ahora es nuestro ¿Tienen madre viva? Entonces, colaboren, porque si no sus mamitas van a lamentarlo, porque ni sus cuerpos encontrarán. En el río serán aventados ¿Entendieron? ¿Entendieron?

Nos quitaron todo lo que teníamos de valor, tarjetas, dinero en efectivo, celulares. Yo me llevé la peor parte, pues cargaba casi todas las tarjetas y casi 100 soles de efectivo. Lo bueno de R, es que no cargaba tarjetas, más que su carné del Colegio de Abogados. Pero su Nokia, el magnífico celular aquel, era lo más valioso hasta el momento.

Luego, nos separaron en dos taxis, un par se llevó a R y a mí me dejaron en el mismo auto. Había un tercer auto, el que se encargaba de ir a vaciar las tarjetas.

Hora y media estuvimos secuestrados dando vueltas por no sabíamos dónde, obligados a mantener los ojos cerrados y las manos entre las rodillas. Empecé a sentir frío y la incertidumbre de no saber dónde íbamos a acabar y cómo. Yo había colaborado en todo, pues recordaba mis claves. Aún así, hicieron el teatro de colocarme la pistola en la boca y la amenaza.

R me preocupaba, si bien es cierto no tenía las tarjetas y poco efectivo, me sentía culpable de que estuviera secuestrado por mí culpa. Me preguntaba cómo estaría. Por otro lado, pensaba en mi jato. Mis viejos. Mi familia. Empecé a tener varios sentimientos e imágenes en mi mente. De pronto, escuchaba, como fondo musical a ese clip mental, la voz de Jim Morrison cantando: «You know the day destroys the night, night divides the day. Tried to run, tried to hide. Break on through to the other side. Break on through to the other side…» (Luego, el buen R me contaría que su música de fondo fue Chilanga Banda, de Café Tacuba).

Recuerdo que tenía los ojos cerrados, el individuo que me «cuidaba» empezó a hablarme. ¿Qué hacía? ¿A qué me dedicaba? Hasta derrochaba su sarcasmo de esquina: «¿Por qué cierras así los ojos? ¿Tas chupando limón?» Y reían con el taxista y el otro pata que monitoreaba a los otros por celular.

De pronto vio que me brillaba algo en la mano. El aro que me regaló mi madre a los 18 años, oro de 18k. con mis iniciales. Desde esa noche no lo tendría más. Aparte de eso se apoderó de un detalle que fue lo más valioso aún: un pequeño paquete que contenía un rosario de mi abuela, con el que fue velada antes de ser cremada. El rosario era una baratija para cualquiera, un plástico bañado en barniz dorado. Pero valía demasiado para mí y lo portaba siempre, junto con mis llaves. El joeputa se lo quedó, pese a que me dijo: «solo un ratito, luego te lo devuelvo».

Hasta entonces no sabía por dónde estábamos. Asumía que el taxi había tomado Circunvalación, pero no tenía certeza de nada. Hasta que escuché a lo lejos la llamada de un cobrador de combi: «Óvalo Naranjal, Óvalo Naranjal». Y entonces supe que andábamos por el Norte. R debía estar cerca en el otro auto.

Yo seguía en silencio. En algún momento, dijeron. Ok, han colaborado bien, los soltaremos juntos. Y allí alguien dijo estamos en «Iori»… una clave para decir Fiori, ese paradero de buses en Lima Norte. El joeputa que me apuntaba me pregunta ¿te gusta la música? Sí, le dije. «Cholo, ponte Studio 92», le dijo al taxista. Entonces sonaba Fifty Cent. «¿Te gusta? Es lo máximo este weon», me decía. Yo le dije: sí (odiaba el hip hop, como lo odio ahora).

A las 11.30 p. m. nos soltaron en un parque cerca de Habich, en Palao. Misios, sin un puto sol y sin nada devuelto. Vi a R, nos flanquearon y nos dejaron, corrieron, la última amenaza: «no volteen o los quemamos». Se fueron.

El cuerpo tembloroso aún. Nos miramos con R, preguntábamos si estábamos bien. –Un momento, me dijo R-. Y me dio un abrazo, como de quien se reencuentra con la vida.

Esa noche tuvimos que subir a un taxi de nuevo, el trauma: no hablar nada en el camino. Tenía algo de efectivo en casa. Entré sin decir nada, saqué el dinero y aproveché para llamar y bloquear las tarjetas. Igual, ya estaba consumado todo. Ahí supe la cantidad que me habían robado. Con R fuimos a la casa del infalible I. Un verdadero amigo que nos acogió en su casa y fue nuestro sostén aquella noche y el resto de la madrugada.

La noche del 18 de abril fue una noche de robo, de asalto, de frustraciones. Pero lo valioso, después de todo, es que no nos pasó nada físicamente. Aún ahora, amo más la música del Rey Lagarto. No fui al concierto ni supe qué tal estuvo. No era la gran cosa pues, es cierto, la banda sin Jim, no es más The Doors.


Perdí cosas valiosas que no eran los mil dólares robados. Pero volví a subirme a un taxi. Es la única forma de sobrevivir en una ciudad como Lima. La vez pasada subí a uno y sonaba en la radio: «Come on, Baby, light my fire». Ironías morrisonianas.