¿Qué es esto?

Un viaje a mis historias. Aquí hay tanto de mí como de todos los que se sientan parte. Hay de lo cotidiano a lo inusual. Hay solo historias que se cuentan con ganas.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Soroche en el San Cristóbal

Lima, el río Rímac y el Cerro San Cristóbal en foto de fines del S. XIX.
A Canchita

Para quien vive en Lima, ciudad costera que se extiende entre 50 y 100 metros sobre el nivel del mar, subir a sus cerros puede significar una actividad menos arriesgada hoy en día, donde muchísimas familias viven desafiando la altura y la actividad sísmica propia de la capital. Hay miradores instalados en diferentes puntos, desde donde se puede ver la nueva configuración de una ciudad que va creciendo sobre sus antiguos edificios, dibujando diferentes siluetas en el ocaso.

Quienes crecimos en la época más plana de la Lima moderna, nos conformábamos con ver cómo esos cerros grises, estériles, eran solo parte del paisaje capitalino. Treparlos y, con suerte, llegar a sus cumbres, era simplemente una actividad propia de exploradores o de tempranos aventureros. Sin embargo, cuando nos dimos cuenta, Lima ya vivía en ellos, producto de la explosión demográfica tras la migración a la ciudad en los años 50. Algunos de ellos, incluso, estaban totalmente cubiertos, desde sus faldas hasta sus cumbres, por casas de uno, dos, tres y hasta cinco pisos. Proeza frente a la necesidad de encontrar un espacio en medio de la marginalidad.

 Primeras viviendas al pie del cerro

Foto anónima

Salir a tu ventana y ver aquellos cerros llenos de multicolores viviendas, te hacía pensar en cómo se veía Lima desde arriba, desde esa precariedad, mucho más alto que cualquier edificio mal llamado rascacielos, con solo 20 o 30 pisos, ubicado en el Centro o en Miraflores y, particularmente, sumidos en esa pobreza emergente que te saltaba a la vista.

El Cerro San Cristóbal en el siglo XXI

Yo estudié en el centro histórico de Lima, en un colegio tradicional ligado a su etapa republicana. El llamado “glorioso y centenario” Colegio Lima San Carlos. Su mérito: ser el colegio particular más antiguo de la ciudad, fundado en 1872 por un grupo de educadores alemanes. Una tradición que se mantuvo hasta los años 70 y cuya administración, hacia los años 90, había entrado en franca decadencia, al punto de perder la preciosa casona que lo albergara por décadas. Al brillante director no se le ocurrió mejor idea que recurrir a sus imaginarios patrios y clavarnos 5 años de instrucción premilitar, en aras de recuperar la disciplina que antaño, bajo la ley de la palmeta, le había dado prestigio. Vestíamos corbata guinda y cristina con galones, nuestros cortes de cabello eran “pre militares” también.

Ya en manos de nuestros instructores tuvimos que soplarnos las benditas “marchas de campaña” en cada aniversario del colegio. Si no era hacia el Morro Solar, al pie del Océano Pacífico, era hacia el bendito Cerro San Cristóbal, a pocos minutos del centro histórico. Efectivamente, las marchas de campaña eran eso, marchas donde íbamos en filas cantando por las calles esos sonsonetes que glorifican la marcialidad, la virilidad, el patriotismo en el más claro derroche de testosterona: “todos los hombres tienen en el pecho la alegría/ y dos cuartas más abajo el cañón de artillería/ todas las mujeres tienen en el pecho dos limones/ y dos cuartas más abajo la cueva de los leones”.

Para aquel octubre de 1989, nos tocó ir al cerro San Cristóbal, ese inmenso promontorio y apu protector de Lima, con una cruz que coronaba su cima y que de noche se iluminaba. En sus faldas, el otrora primer barrio marginal de un cerro hacia los años 20, Santa Leticia, era un conglomerado de casas de todos los materiales que lo vestía en sus casi 360 grados. Llegar a su cima era el objetivo de nuestra primera marcha de campaña. Así que nos reunimos en el mítico Paseo de Aguas de La Perricholi, a los pies del cerro. La marcha comenzó cuesta arriba entre cánticos, vivas, la mirada extrañada de los pobladores. Yo me preguntaba si esa extrañeza era por nuestra presencia o porque simplemente no estábamos tomando el camino que normalmente tomaban los peregrinos que subían a la cruz de la cumbre.


Foto anónima

Integrábamos el grupo un promedio de 100 alumnos de secundaria y comandado por el auxiliar y el teniente del Ejército Peruano, a quien llamábamos “instructor”. No sé qué idea teníamos nosotros, los directivos del colegio o el mismo instructor pre militar. Pero el camino que habíamos tomado no era el correcto de ninguna forma. Literalmente estábamos trepando el cerro, más que realizando una “marcha de campaña”. Subir entre piedras impulsándote y tratando de aprovechar espacios en la pendiente no tan amigable del San Cristóbal no era nada seguro. Y todo por la terquedad de quienes nos dirigían. Hubiera sido mejor seguir subiendo por el camino que va bordeando el cerro y cantando los estúpidos sonsonetes que trepar con el riesgo de cualquier accidente, pues nadie iba detrás de nosotros, menos aun un personal médico o de primeros auxilios. Así era siempre. Lo que pasaría en la cima un rato después confirmaría esta descripción.


Con el sol de las 11 a.m. que disuelve esa neblina de Lima y se hace insoportable, el sudor chorreándose en esas caras renegridas de tierra, íbamos subiendo. Un grupo de alumnos de 1ero de secundaria entró en pánico por el vértigo  y algunos retrocedimos para avanzar con ellos y subirlos con el grupo. En verdad, aquella escena era tragicómica, pues mientras algunos reían y otros se la daban de grandes exploradores, no advertían las miradas de horror de quienes estaban detrás, al final, casi abandonados a su suerte aferrados a una piedra y mirando con pavor el espectáculo de los autos pasando como bichos en las pistas a cientos de metros abajo, formando parte del sonido de la ciudad un sábado por la mañana. No animaba tampoco saber que si querías escapar de esa locura tenías que atravesar uno de los barrios más peligrosos del Rímac, con sus recovecos y callejuelas sin dirección.

Foto anónima

Llegamos a la cima, una hora y media después del inicio del recorrido. 400 metros abajo, Lima nos mostraba su lado más feo: sus techos tan mudos, llenos de basura, abismo todo lado, una cruz de cemento llena de focos, velas y flores, una casa abandonada, tierra y polvo. De pronto comencé a sentirlo todo. La cabeza me zumbaba, escuchaba las voces del profesor de historia hablando sobre Lima, el cerro y la cruz. Hasta que rompí filas y me metí en aquella casucha a vomitar la vida entera. Vomité y vomité sin conseguir mejorarme de ese vértigo que me hacía explotar la cabeza de mareos y lo peor es que ni a mil metros de altura me encontraba. Ni si quiera los niños a quienes auxiliamos en la subida estaban peor que yo para entonces.


Vista desde la cumbre del cerro hacia San Juan de Lurigancho

Intenté salir y ponerme a la fila de nuevo cuando nos hicieron pasar por la casa abandonada. Yo escuchaba a la gente diciendo: “Mire, profe, han vomitado aquí”, y el profesor diciendo: “sí, debe haber sido algún borracho del pueblo joven que subió”. Trataba de contenerme, hasta que no aguanté más y vomité sobre mi compañero que me daba la espalda. Pablo Diaz era uno de los mejores amigos que te gustaría tener el colegio. Con amplia correa, nunca se molestaba con nadie y nadie lo molestaba en mala onda. Su cabello crespo le hizo ganar el mote de “Canchita”, con el que lo llamábamos de acá para allá. Esa mañana vomité sobre Canchita con la pena de quien le mete cabe a su propio hermano en una pichanga. Nunca supe de dónde salía tanto vómito ese día, pero su mochila, cuello y hasta zapatos quedaron bañados en el vómito del flacuchento al que inexplicablemente le dio vértigo en el Cerro San Cristóbal. Ese era yo, acabando con la solemnidad de quienes habían logrado llegar a la cima cual literal hazaña. Lo que siguió después era el olor a alcohol que alguien me trajo en medio de un círculo de boquiabiertos que miraban con esas caras de “¿qué pasó?” y otros aguantándose la risa.

De todo lo que al buen Canchita le habían dicho, nada se comparaba a haberlo vomitado ante todos, pero como buen pata supo jugar con la situación y todo se volvió una anécdota más en segundos. Veinticuatro años después, volví a encontrarme con Canchita. Supe, entre otras cosas, que radica en Colombia, que está bien y que es todo un papá emprendedor. Pero también, fue gracias a él que recordé esta historia que casi quería (inconscientemente) olvidar.  Canchita se acordaba hasta de lo que yo había comido la noche anterior a aquella mañana. Entre muchas historias que recordamos, le prometí inmortalizarlo, en clave de reparación, contando esta historia, gracias a la cual, además, me reconcilié con la vergüenza de haber sufrido de un absurdo soroche en el “pequeño” cerro San Cristóbal, al que hoy cómodamente todos subimos, en combi o auto particular (y próximamente en teleférico), para continuar viendo a Lima aun más gris desde arriba.

Pero esa no sería mi única historia vinculada a este cerro. Hay un par más que aún no tengo ganas de contar


 Subida por cable de 1912

sábado, 23 de febrero de 2013

Una travesía en el Amazonas



Bien podría ser el título de una de las más góticas películas charapas de todos los tiempos, pero se trata de una experiencia tan real como cualquier otra en torno al río más caudaloso del planeta: el respetable Amazonas.

Conocí Iquitos, la tierra de mi padre, en enero de 2004. Era mi primer viaje fuera de Lima en que viajaba solo. A mis 27 años quería conocer a la familia paterna y recorrer los lugares que mi padre siempre me contaba. Como comerciante maderero, el viejo había recorrido casi gran trecho de los más importantes ríos navegables de nuestra amazonía. Para mí, las historia de lanchas, chatas y puertos era un tema que captaba mi atención de mocoso. Alucinaba siempre a Don Jorge todo un capitán de barco adentrándose en paisajes exóticos con esos cielos multicolores del atardecer selvático que aparecían en los cuadros que adornaban mi casa.

Yo nací en Pucallpa, la ciudad de la tierra colorada, un 13 de abril de 1975. Volver a la selva para mí era algo instintivo y natural. Era como volver a mi hábitat, pese a que haya vivido casi todo el tiempo en Lima. Pero, aun creyéndome un hijo pródigo de la amazonía, la propia naturaleza se encargaría de decirme lo contrario.

Con el pecho hinchado llegué a Iquitos una noche de enero, luego de un viaje que casi pierdo por descoordinaciones de la compañía de aviación y que, gracias al escándalo que hicieron los pasajeros por el miedo a viajar de noche a la selva – por las turbulencias, ustedes saben- se hizo posible. De saque, la cuota de peligro atravesaba mi visita.

Los planes para los 10 días contemplaban conocer la mítica ciudad del caucho, comer de su rica gastronomía y navegar el Amazonas hasta llegar a la triple frontera con Colombia y Brasil. Todo estaba bien planificado. Tenía que complacer, eso sí, a toda la familia que quería tenerme algunas horas o días en sus casas. Una de ellas era la familia paterna de primos y tíos con los que había crecido en Lima, en Pueblo Libre y San Miguel. Primos que no veía en más de 10 años y con los que había afinado el oído escuchando new wave y esas bandazas de los 80’s. Reencontrarme con ellos era quizá lo más emotivo de este viaje.
Como era de esperar, volver a ver a mis tíos y primos fue tan especial que decidí quedarme en casa de ellos un par de días. Lo primero que se les ocurrió para mi visita fue irnos de paseo por el Amazonas a los pueblos de Mazan e Indiana. Los nombres me parecían tan propicios para la aventura que inmediatamente acepté la propuesta. Partimos del puerto muy temprano para navegar por 45 minutos por el río más caudaloso del mundo. Estábamos en un típico “peque-peque”, un bote de madera con motor y tablas para sentarse, sin techo ni luz artificial. Mis tíos lo habían rentado para que nos llevara y nos trajera de vuelta alrededor de las 5 de la tarde.

Pasaron unos minutos y el imponente Amazonas estaba bajo nosotros, amigable e inmenso (sentirse en medio de la selva y su majestuoso río era algo que no podía dejar de emocionarme la piel). Navegamos por más de 45 minutos a través de la floresta, escuchando el sonido del motor y de rato en rato introduciendo la mano en el agua para mojarme la cabeza y tocar el río.

Llegamos a Mazán, cuyo puerto, como la mayoría de puertos a lo largo de nuestro lado del Amazonas, es rústico, de palos y esencial. Luego de desembarcar los seis pasajeros, subimos a las mototaxis que nos llevarían al pueblo. El lugar era espectacular, una delgada vía de cemento en buen estado que atravesaba toda la selva y en cuyo camino se podía apreciar, cual safari, a los animales en plena libertad. Luego de 10 minutos, llegamos a Mazán, un pueblo sencillo, bastante elemental, dedicado a la agricultura e, inmediatamente contiguo, el pueblo de Indiana, a orillas del Amazonas, con un malecón natural de inmensos y milenarios árboles cuyos troncos podían medirse con una docena de personas entrelazadas alrededor.
Buscamos saciar el hambre en el mercadillo del pueblo y fuimos en búsqueda de una quebrada para refrescarnos. Grande fue la sorpresa al llegar al lugar, luego de caminar un largo trecho, y no encontrar nada, solo una quebrada seca y un triste puente que no tenía agua corriendo por debajo. En aquel momento nos la pasamos maldiciendo el calor, el clima y la estafa que la naturaleza nos hacía al mostrarnos una quebrada infértil, seca, sin un solo rastro de agua en el que pudiéramos refrescarnos. Nuestro paseo campestre familiar estaba perdido.

Mi abuela tenía razón cuando decía que nunca debías insultar a la naturaleza. Caminando desconsolados y de regreso al pueblo decidimos refrescarnos más bien en el bar de la esquina, y comenzamos con un par de cervezas San Juan que, gracias a la tecnología y la electricidad, estaban heladas. Así bebimos la primera caja cuando de pronto vi hacia el horizonte y recordé cuando de pequeño mamá gritaba “la ropa, recojan la ropa, va a llover”. Las cúmulo que se veían en el cielo estaban muy grises, casi plomas y un viento por ráfagas que  sacudía las palmeras anunciaba la llegada de la lluvia selvática.

Y así fue que llovió y llovió como si el cielo hubiese escuchado nuestras plegarias y volviese a llenar la quebrada aquella de agua. Típico de costeño que no conoce lluvia, salí a ducharme emocionado en esa rica precipitación hasta regresar al bar más feliz, pero tembloroso como pollo remojado, y seguir tomando la vida. Estuvimos con los primos y los tíos durante un par de horas más recordando muchas anécdotas en Lima, mientras la lluviecita que tanto me había emocionado no paraba. Comenzaba a preocuparnos la hora, pues a las 5 de la tarde teníamos que estar enrumbándonos de regreso a Iquitos. Contábamos la tercera caja de cervezas y el cielo seguía tan gris que no parecía abrirle esperanzas al sol de la tarde.

Llovió una hora más y las calles ya eran riachuelos. No había nadie fuera de sus casas y ni un solo medio de transporte atravesaba la ciudad. La lluvia paró, el pueblo estaba en silencio y solo se escuchaba el agua descorrer por el cemento. En medio de aquel pueblo convertido en fantasma y con ese cielo aún gris nos paramos en una esquina, borrachos algunos, a esperar una mototaxi que nos llevara. Y nada. Absolutamente ni una sola aparecía al fondo de la calle. Cuando, a lo lejos, en medio de ese silencio apocalíptico, se oyó el sonido de una moto. En instantes apareció un hombre conduciendo una moto (no mototaxi) y, a juzgar por la velocidad con la que venía, iba a pasar inevitablemente por nuestra esquina. Y así fue que pasó, nos vio remamados y remojados y nos preguntó a dónde íbamos. El buen hombre se ofreció a llevarnos de dos en dos hacia el puerto. Iba, volvía, iba, volvía y así. Mis primos pesaban tres veces más que yo y tuvieron que hacer un gran ajuste para caber en la parte trasera de la moto. Cuando llegamos nos juntamos en el puerto y fuimos tras la balsa, el pata que la manejaba estaba en franco ataque de rabia, renegaba por nuestra tardanza de una hora (eran ya las 6 p.m.), que había perdido dinero pues debió hacer otros viajes, y gritaba que el río estaba crecido y muy movido por la lluvia, y que si nos pasaba algo íbamos a ser los únicos responsables. Aún borrachos y con el agua chorreando, permanecimos en silencio, reprendidos y metiéndonos a la balsa. Una pareja de jóvenes  que se habían quedado sin transporte subieron con nosotros.
Partimos inmediatamente, con algo de luz aún. El muchacho que manejaba la balsa nos decía que era extremadamente peligroso navegar el Amazonas después de una lluvia como la que tuvimos, pues el río crece, se vuelve torrentoso y escarba árboles y troncos de las riveras, peor aun sí navegábamos contra la corriente, que era nuestro caso. El peligro no solo era topar la hélice del motor del bote con los troncos, sino ser chupados literalmente por los varios remolinos que se forman en el ancho río. Todo bien, pues teníamos aún luz y eso estaba a nuestro favor.

Cuando nos encontrábamos a mitad de camino, la chica que habíamos subido al bote gritó que había olvidado su DNI en el puerto y que tenía que volver urgentemente por él. Hubo un silencio, todos nos miramos y ella, con más susto que el nuestro, pedía desesperadamente volver. El muchacho que conducía ofuscando y refunfuñando que íbamos a morir giró el bote y nos llevó de retorno al puerto.

Nos tomó una media hora volver, recoger el bendito documento, y retomar el retorno a Iquitos. De pronto el cielo se nos manifestó en una maravillosa gama de colores, mientras el torrentoso Amazonas corría rabioso por debajo de nosotros. Ese espectáculo paradisiaco distraía nuestro miedo y nos brindaba el ocaso más hermoso, imponente y a la vez irónico frente al peligro. Saqué la cámara y comencé a tomar fotos del cielo, cuyos tonos rojo y naranja se iban convirtiendo en lila y morado. No acababa de asombrarme cuando el cielo se oscureció y la penumbra no dejaba ver el río. Desperté de mi estado ante el grito del muchacho que pedía que le indiquemos si había troncos a la derecha o a la izquierda.

Ante la imposibilidad del resto (pues aún estaban bajo los efectos del alcohol), el muchacho, que iba en la popa, pidió a todos recostarse en el bote para tener una mejor mirada del horizonte, me pidió ir a la proa y gritarle “tronco a la derecha” o “tronco a la izquierda”, según fuere el caso. De esta manera él podría esquivarlos. Me dijo además que gritara “remolino” si es que veía uno. Cómo explicar que en ese momento, ser un hijo de la selva y ser un hijo adoptivo de la ciudad me producía el mayor conflicto. Era como sentirme Mogli extraído de la selva y haber crecido en la ciudad todo el resto de su vida y, de pronto, volver a la naturaleza y sentir su fiereza, con ese panorama oscuro donde las sombras de las ondas del rabioso Amazonas me parecían troncos, ramas, remolinos. Mis únicos apagones habían sido los de la época de la violencia política en Lima y sobre el asfalto, jamás me imaginaba un gran apagón en medio de las turbulentas aguas del río más grande del mundo y después de una feroz lluvia. Ahí estaba yo, torpemente gritando “¡derecha! ¡no! ¡tronco a la derecha! ¡no, a la izquierda! ¡Puta, no veo! ¡Derecha, derecha!”. Así me la pasé un rato, mientras mi tío, que había despertado de su borrachera, estallaba en una risa inapropiada, sarcástica, borrachosa, diciendo “Cómo es posible que el hijo de un navegante del Amazonas no sepa dirigir un bote, jajaja…”. Me sentía inútil y aterrado en medio de esa pesadilla tan surreal en la que el propio Amazonas nos envolvía. Estábamos a su merced, nos creaba las imágenes que quería en su camino, mientras la selva cómplice dibujaba las siluetas monstruosas de los árboles en medio de la penumbra. Pensaba que la selva me estaba reclamando como su hijo y aquí no había historias de hijos pródigos que valgan. Me resistía a morir devorado por el río o por cualquier otro bicho que me saliera al paso.

Foto real

El muchacho del bote, en clara desesperación, me pidió que mejor me sentara junto al resto. Mi orientación acababa por desorientarlo y yo no podía hacer nada. Mi tío seguía riéndose. Fue así que los últimos 30 minutos se convirtieron en los más intensos del viaje, dependíamos del ojo de una sola persona en medio de la noche negra y convulsionada del Amazonas. El muchacho refunfuñaba, decía que eso era lo que él quería evitar, que éramos unos inconscientes y que debimos volver en plena lluvia al puerto y no esperar más. Yo veía cómo en el horizonte los rayos se cernían sobre la selva y solo quería que llegáramos al puerto de Nanay en Iquitos y volver a Lima cuanto antes.

De pronto divisé a lo lejos las luces de la ciudad de Iquitos. La lluvia se encontraba ahora allá. Nuestra mayor travesía estaba por culminar, pero aún faltaba lo más difícil: superar el encuentro de aguas del Nanay y el Itaya que forman el Amazonas. Si la lluvia aún estaba en Iquitos, ese encuentro estaba aun más revoloteado. Hubiera sido ya mucha ironía morir en frente a Iquitos cuando pudimos ser succionados por un remolino en el regreso.

Llegamos al puerto de Nanay casi a las 8 de la noche, desembarcamos dando gracias a la divinidad por tocar tierra de nuevo. No recuerdo el nombre del muchacho que nos condujo de regreso, habrá tenido unos 22 años más o menos. Me aproximé a él, le di un poco más de dinero y le estreché fuertemente la mano diciéndole “gracias ñañito”, a la manera tradicional selvática con que se expresa afecto.

Llegamos a casa, llamé a Lima para contarle a mis selváticos padres lo que había pasado. Se rieron de mí y en ese momento sentí que hasta la propia selva se había reído de mí, incluso el muchacho del bote. Pensé que todos habían preparado la mejor actuación de su vida, hasta la mismísima naturaleza. Vociferé que me regresaba a Lima, que no volvería jamás a pasear por el Amazonas. Mi tía me miró y me dijo “acá no acaba todo, hemos preparado una cena para ti”. Una mesa llena de los potajes más ricos de la selva se abría a mis ojos. Esa noche comí la vida. Nos reímos de lo que pasó y acabé con mis primos yendo a botar el susto en el Noa, la discoteca más imponente de la selva. El miedo se despejaba entre cumbias, toadas y la belleza de la gente de Iquitos.

En aquel viaje, el Amazonas me había enseñado a respetarle, pero también a amarle como nunca antes, más allá del miedo. La imagen de mi padre navegando y usando el río como su mayor transporte me alentaba a volver a subirme a una embarcación, esta vez rumbo al Brasil. Tema de otra historia.