¿Qué es esto?

Un viaje a mis historias. Aquí hay tanto de mí como de todos los que se sientan parte. Hay de lo cotidiano a lo inusual. Hay solo historias que se cuentan con ganas.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Heroínas domésticas


Desde lo más remoto que pueda recordar siempre he tenido la imagen de una de ellas en aquel escenario granuloso –como en las series ochenteras- pero colorido de la infancia. Mi madre nos contaba que en aquellas épocas cada uno de sus hijos tuvo una dedicada íntegramente a sus cuidados; mientras ella, junto a mi padre, la sudaban duro y parejo para asegurar el futuro de sus cuatro hijos.

Ellas, las empleadas, han jugado un papel importante en la historia de cada uno. No solo por llegar a formar parte de la familia, sino por haberle dado un particular condimento al recuerdo de nuestras vidas, lo que hoy las ha convertido en una suerte de leyendas familiares, infaltables de narrar en cada reunión de hermanos, primos y tíos. Porque, a diferencia del común de las historias de empleadas, yo no tiré con alguna de ellas. Tan simple como decir que fue una historia diferente.

Por referencias fotográficas sé que la primera nana que me cargaba en brazos se llamaba Rosa, era responsable y una de las mejores de aquellos primigenios años. Se le veía mayor y su corte de cabello, y aquellas ropas setenteras, la hacían ver como si tuviera la edad de mi madre. Ella tenía el encargo de cuidar al pequeño vástago y concho de la familia. Y sé que lo hizo bien. Pero su historia es sencilla y sin mucho por contar. Tal vez dejó la casa porque se aburrió o alguien le calentó la cabeza y se la llevó.

Con el tiempo, otra Rosa acompañaría mi ingreso al jardín de la infancia. Esa Rosa, La Rosa, como la conocíamos, era todo un personaje. Era torpe como El Chavo, siempre que entraba a la cocina rompía o tiraba algo (Aun ahora, cada vez que a alguien se le cae algo en la cocina mi padre siempre grita: Rooosa!, recordando esas célebres torpezas). La naturaleza no había sido generosa con ella, pues no tenía un rostro agradable. Era achinada, gruesa, cabellos largos, usaba demasiado maquillaje y la cara siempre le brillaba, además de tener algo de cojera al andar. La Rosa llegó a mi casa proveniente de la selva, como casi todas las empleadas que recuerdo. Y era por esa bendita fama de mujer calentona que se hizo en el barrio, que logró conquistar al joven hojalatero que vivía camino a mi jardín de la infancia. La Rosa no dudaba en llevarme siempre al colegio y pasar por la hojalatería, lanzándole miraditas al nervioso hojalatero. Yo, con mi lonchera Basa color roja en una mano, iba cogido de sus toscas y gruesas manos, mientras ella meneaba aun más las inmensas caderas y mostraba sus abultadas piernas, cuya cojera disimulaba bien por espacio de una cuadra.

Mi madre nunca estuvo a gusto con ella, pero recuerdo que duró generoso tiempo con nosotros. Era medio mitómana la pobre. Como casi todas las domésticas, quedaba prendida de las telenovelas, al punto que una vez se mimetizó con un personaje interpretado por la venezolana Caridad Canelón, y usaba una cinta en la cabeza, cuyo llamativo lazo caía a un lado de su rostro, sujetando sus largos, lacios y negros cabellos. Y así salía a la calle. Y así me llevaba al colegio, siempre cogido de esa mano callosa que yo odiaba.

La Rosa nos dejó un día en que, cual cuento del papá que se va a comprar el pan y no vuelve más, salió en su día libre y regresó luego de dos o tres semanas para decir que ya no volvía más. Era obvio que alguien había motivado eso. Y, en parte, nos hacía un gran favor. No era la primera vez que se daba esas escapadas. Acostumbraba ir a los conciertos de música chicha en la carpa Grau o en el Paseo Colón y regresaba magullada y con arañones. Las malas lenguas de mis hermanas decían que se emborrachaba y las mujeres de sus galanes la golpeaban en las grescas que se armaban en esos lugares. En todo ese tiempo, La Rosa había cambiado su forma de hablar, la cojera ya se había convertido en un contorneo sensualón y en el colmo de su mitomanía decía que estaba dedicándose a la chicha nada menos que como cantante, y que un grupo llamado Guinda la había invitado a ser su vocalista principal. Bueno, lo cierto de todo era el color guinda que traía en brazos y piernas, producto de los golpes y no de forcejeos de un fan, pues la verdad cantaba horrible.

Como en toda familia, la mancha de primos siempre aprovechábamos cuanta reunión o motivo hubiera para juntarnos y hacer de las nuestras. El punto de encuentro siempre era el edificio donde vivía mi abuela, porque además era el edificio donde vivían mis tías. Y las empleadas de todas ellas eran toda una historia aparte. Ellas nos llevaban al cine, a pasear al parque o ir al circo.

La Manuela, la mítica Manuela -de mañoso nombre- era la figura emblemática. Era prominente y le hacía gran honor a la tercera y cuarta sílabas del nombre de su ciudad de origen: Tarapoto. Era rolliza y fortachona. Y era tanto el respeto que todos le teníamos, que cuando nos quedábamos en casa de mi abuela solos ella era la ley. Ese mismo temor a La Manuela había hecho que fuéramos capaces de llevar su nombre a la pantalla grande y apodar de La Manuela al archirival de Bruce Lee, en las famosas películas tan de moda en ese entonces, pues se le parecía mucho en rostro: -mira, ahí está La Manuela, dijo mi primo una vez y desde ahí quedó la chapa.

La Manuela nunca dio escándalos, su comportamiento era casi intachable. Solo un valiente la pretendía y ella no soltaba prenda con facilidad. La Manuela, se convirtió en una suerte de mito para la muchachada del edificio, pues una vez, cuando un muchacho (por salvar a su gato) cayó del quinto piso, por el tragaluz, decían que ella pasaba por ahí en ese preciso instante y, pese a que estiró sus robustos brazos para salvarlo, él se pasó de frente. Con la milagrosa herencia del gato, el muchacho sobrevivió a la caída. La Manuela se convirtió entonces en la única testigo de la famosa historia.

De las otras empleadas de mis tías recuerdo a chicas que, fieles al matriarcado familiar, asumieron la batuta en la casa y, cuando mis tías no estaban, eran peor que ellas mismas en cuanto a autoridad se refiere. Mis primos estaban bajo control constante y las respetaban. Ahí estaban La Tania, excelente jugadora de voley que terminó casándose con el vecino de mi tía; La Gladys, la «señora ley» a la que mis primos le temblaban porque sabía dónde mi tía escondía el famoso «san martín»; La Mirna, que era la más coquetona, con sus jeans pegados y tacos aguja (era la única que recuerdo los usaba incluso, canasta mano, cuando iba al mercado); La Blanca, que además era la mejor amiga de mis primas, era la más tranquilita de todas y cuando explotaba en risa contagiaba a todo el mundo con su peculiar carcajada. Todas ellas, aparecían en cuanta reunión familiar había y recuerdo que hasta las sacaban a bailar con la venia de mis tías.
En la adolescencia y parte de la juventud recuerdo que tuvimos a las mejores empleadas en casa. A diferencia de mis tías, mi madre no nos encargaba al cuidado de ellas, pues venían a ser como unas hijas más en la familia. La Perica, como mi madre había bautizado a Enith, era una de ellas. Chica menuda, dócil, sencilla y respetuosa se había ganado el apodo de Perica, porque se encariñaba con los pericos y loros que teníamos en casa. Pero, sin duda, la más querida de todos fue La Silvia, o La Chivy, como le decíamos. Ella, prima de La Blanca, era la más pata de todos. Una chica muy risueña y bastante hacendosa, aprovechó al máximo todas las oportunidades que tuvo para crecer. Nunca dio un problema y siempre estaba dispuesta a ayudarnos en lo que fuera posible. Era mi pata, La Chivy. Cuando nos mudamos ella estuvo ahí. Cuando nacieron mis sobrinas, ella también estuvo. Realmente fue testigo de los sucesos más importantes en los últimos años. Paralelamente a su trabajo, aprovechó para estudiar corte y confección de prendas de vestir. Todos la queríamos mucho. Pero, por cuestiones familiares tuvo que volver a su tierra, Chazuta, cerca a Tarapoto. Es tanto el afecto que le guardamos que una de mis hermanas, en su viaje de vacaciones por Tarapoto, fue hasta su pueblo y la buscó, junto a mi quinceañera sobrina, a quien ella conoció recién nacida y a la que cambió más de un pañal o adormeció en sus brazos tantas veces. La Chivy tenía ya dos hijos y no le iba bien económicamente, pero el marido no la había abandonado, como suele ocurrir.

Por casa pasaron algunas otras que no duraron ni una semana o simplemente no se adaptaron. Otras eran ocasionales, como la lavandera que visitaba todas las casas de la familia y cargaba siempre con su niña. La mujer era una señora blancona de cabellos castaños, tenía un lunar en la nariz y un detalle que todos odiábamos. Un detalle que me quitaba el apetito cuando nos sentábamos a almorzar: no conocía el desodorante o, en todo caso, la abandonaba rápidamente. Lo peor de todo es que a veces nos cocinaba y ahí sí que era terrible. La imaginación retorcida de mi hermana decía que la bendita señora usaba un ingrediente secreto para sus comidas. Un ingrediente cuya extracción consistía en coger un tenedor, pasárselo raspando por la axila peluda y sacudir el sudor en la olla del guiso. Esa nauseabunda historia me la recordaba con la mirada mientras comíamos de su sazón, en silencio temeroso, en la mesa.

Hace poco estuvimos recordando con los primos a todas las heroínas domésticas que pasaron por nuestra infancia y juventud. Muchas, incluso, volvieron a casa de visita para agradecer por todos esos años compartidos, pues nunca hubo un mal trato hacia ellas. Nunca vistieron uniforme, nunca comieron en la cocina y nunca se las despreció por su condición. Nosotros, los chibolos de entonces, éramos quienes las desesperábamos. Esa era la peor parte del juego que ellas se llevaban; pero había un simpático afecto por ellas y, sobre todo, respeto. Por ello, creo que más que empleadas domésticas, esas mujeres fueron nuestras heroínas, nuestras cómplices y nuestras amigas. No dudo que, donde quiera que ellas estén, siempre nos recordarán con una sonrisa y sus hijos sabrán de nosotros por las historias que sus madres les cuenten. Ahora bien, ¿será que las historias por ellas contadas guardan secretos que nosotros nunca supimos? Habrá que preguntárselo al tiempo.